22 de marzo de 2009

Santa Marta (¿Salsipuedes?)

“¿Y si le decimos de los chicos del Citro?” –no pudimos dejar de pensar en eso cuando supimos que en el contenedor donde vamos a poner la camioneta, puede entrar lo que queramos, (¿y un autito más qué es? no es nada…). Nos costó pero lo logramos: ¡A Centroamérica nos vamos todos! Bueno en realidad el Citröen y la Estanciera se van seguro, ¿y nosotros? No podemos ir con los autos así que ya veremos cómo nos vamos.
Hace más de un mes que estamos acá. Santa Marta nos conquistó, pero la verdadera realidad es que estamos esperando ansiosos que el “pequeño favorcico” que nos prometió la Sociedad Portuaria de pasarnos el auto gratis a Panamá, se concrete. El tema no es fácil, la crisis mundial afectó mucho y hay poco tráfico marítimo. Tenemos que seguir esperando que algún contenedor viaje vacío y nos haga el favor. ¡Esperemos pues!

¿Hay algún apuro? No, apuro no, pero la inquietud del niño Juan se hace notar y lo hemos podido observar hacer toda clase de cosas: limpiar, cocinar, ayudar a Leo en su taller, decorar el departamento, hacer un mate de coco, lavar la ropa, ir a la playa, al cine gratis de la Universidad y hasta ir a trabajar una noche al restaurante de Nacho, un argentino de por acá, entres otras.

Hace unos días salieron con Leo de pesca, la cosa vino en serio: cinco de la matina y los muchachos paraditos al lado de la lancha con un grupo de experimentados pescadores que creyeron que eran extranjeros –a Juan ya no lo catalogamos como extranjero-, y les hablaban como a sordomudos pensando que no entendían el idioma. Llegaron a una playita y enseguida gritaron “¡PESACUU!” -que es la manera de avisar que hay que retirar-, y a jalar la red. Esto se repitió seis veces en la jornada. Pero en el medio tuvieron tiempo de observar los partiditos de póker y dominó, en los que al perdedor le toca ir poniéndose piedras en las orejas. A la vuelta, la dama los espera en el hogar -para comer no para cocinar- y ¡marche pez al wok!


















Volvimos del Tayrona y nos trajimos de recuerdo: mi pie hinchado a causa de la picadura de una abeja, y a una pareja de argentinos, Nahuel y Sole, que llegaron hasta acá y ahora se regresan pa’ los pagos –“¿No tienen otra cosa que hacer estas parejitas de argentos que se les da por salir a vaguear?” (Más de una vez lo hemos escuchado ¿no?)





Y así los días vuelan. Yo conseguí un gimnasio así que Pancho no escucha tanto mis quejas de falta de actividad; y además no hago otra cosa que escribir mi futura Obra Maestra -¡gracias, gracias!- en la computadora que me prestó Juan Manuel, un amigo del edificio. La idea de la primer parte del libro (Sudamérica), que contará relatos del viaje, va tomando forma y esperamos poder imprimir algunas copias con los pocos ahorros que nos quedan y así tendremos una nueva forma de subsistencia. Escritora resultó la petisa, ¿Qué tulll?



Una mañana nos levantamos y nos encontramos con el toldo de la camioneta abierto. Nos robaron una valija llena de ropa de invierno que habíamos dejado arriba, así que ¡Alaska allá vamos! -¡¡Pero a c----- de frío!!-. Y sí, público, no todas son buenas nuevas, de vez en cuando el viaje nos cachetea y nos recuerda que vivimos en este mundo.

Esperemos que nuestro próximo encuentro sea desde el otro lado del Canal. Ahí si que no hay vuelta atrás…

6 de marzo de 2009

Santa Marta

Llegamos a Santa Marta con un objetivo claro: ir al puerto en busca de un contacto que nos dieron Candelaria y Herman de “Atrapa tu sueño” (www.argentinaalaska.com) para finalmente conseguir ayuda y pasar la camioneta a Panamá gratis, ¿difícil no?
Es viernes y tenemos pensado salir mañana para Venezuela, los días en Colombia se nos acaban y preferimos recorrer allá y después volver para hacer tranquilos lo del cruce a Centroamérica.
Santa Marta es una hermosa ciudad colonial, la más antigua del continente, chiquita y acogedora, pero donde también se vive una vez más la dura realidad de la Colombia marginada.

El calor raja la tierra y aunque el mar nos llama, TENEMOS que ir a la Sociedad Portuaria.

- Hola, ¿Podríamos hablar con Mauricio Suárez?- le explicamos a la recepcionista que necesitábamos verlo por un tema importante.
- Es que el gerente en este momento está en una reunión, vengan a las tres.
(Y en ese momento nos enteramos que Mauricio Suárez era nada más y nada menos que el gerente). Nos fuimos a comer y se nos hicieron las tres y media.
- El señor ya salió.
-¡¡¡¡¿Cómo?!!!! ¿Pero cuándo vuelve?
- Bueno en realidad no se porque se fue a Barranquilla- ciudad a 100 kms de Santa Marta- él vive allá y seguramente se quede el fin de semana, si quieren les consigo su mail.
No podemos creer haber sido tan tontos y nos vamos ya pensando en que hay que cambiar los planes: fin de semana en Santa Marta. ¿Y ahora?, ¿a dónde dormimos?. ¡Vamos a los bomberos!
Los bomberos no nos pueden alojar porque no está la persona que autoriza. Volvemos a la camioneta que está estacionada enfrente y vemos a una chica que nos espera. Ella es Tatiana: 36 años, flaquita y con aire bohemio, súper divertida y acelerada. Amiga de Leo: 35 años, rulos largos, tranquilo y buenazo! Y vive enfrente a los bomberos, justo donde está La Celestina en este momento y donde nos quedaremos a dormir los próximos días. Solucionado el problema.


Estamos en el cuarto piso, enseguida adoptamos el mini departamento y estamos como en casa. Todos los días a eso de las 6 de la tarde Leo nos enseñó que tenemos una cita fija: ver el atardecer en la terraza. Ahí estuvimos desde el primer día disfrutando de uno más maravilloso que el otro, el sol se pone sobre el mar y los colores fogosos del cielo se reflejan en las montañas de atrás de la ciudad. Después: magníficas arepas con queso en lo de “Yiya”.





Tatiana vive en Taganga, una playita de pescadores donde hay muchas artesanías con sus locos artesanos (obvio, en este momento es cuando nos conviene quedar afuera de ese grupo, jajaj) que visitamos el fin de semana.








Por la noche nos dedicamos a escribir un mail a Mauricio quien, grata sorpresa, nos respondió de inmediato: “Qué pena no haberlos visto el viernes. Los espero en mi oficina el lunes. Los ayudaremos en lo que podamos.”
¡Guauuuuuu! Qué buena respuesta. Pero mejor fue el episodio del lunes, Aymi y Pancho clavados en la puerta tempranito:
Cuando dijimos nuestros nombres en recepción nos estaban esperando, subimos a las oficinas y la secretaria nos guía a la puerta de “Gerencia”, en el camino nos pregunta “¿Café, gaseosa, agua?”. Esto parece importante y nos empezamos a poner nerviosos.
Se abre la puerta y dos hombres altos, de traje y muy simpáticos nos reciben como si nos conociéramos de toda la vida. Ellos son Mauricio, el gerente y Rodolfo el jefe comercial.
- Nosotros los vamos a ayudar a cruzar la camioneta a Panamá
- Nosotros los vamos a ayudar a cruzar la camioneta a Panamá
(lo escribo dos veces por si no leyeron bien: NOS VAN A AYUDAR!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!)
No podemos creerlo solo una frase bastó para resolver una incógnita que nos acompaña desde el momento que nació el viaje: ¿cruzar a Panamá? ¿Cómo? ¿Cuánto sale?.
Todo desde ese momento fue muy raro, no entendemos bien: con un simple mail se dieron cuenta lo que necesitábamos (que no es poco) y decidieron que nos van a ayudar con algo que para nosotros es imposible en términos económicos, pero parece que no lo es si se trata de términos humanos:
- Y si – le dice Mauricio a Rodolfo al ver nuestras caras- están cumpliendo un sueño y hay que ayudarlos.
Lo hace tan sencillo que nos resulta increíble. Salimos de la oficina literalmente sin tener palabras para agradecer y nos quedamos mudos hasta que salimos a la calle saltando de alegría!

Ahora toca esperar. Un buque de carga puede salir en una semana como en un mes o dos, así que la estadía en lo de Leo se hace oficial.
¿Pero con la estadía en Colombia como hacemos? Los días se nos terminan y tenemos que conseguir una prórroga o salir del país. Pero obviamente tenemos que estar acá por si nuestro barco sale. Cambio de planes: Venezuela será en otro momento, Colombia no nos deja irnos y eso no nos preocupa demasiado, ya que estamos muuuuy bien!
La prórroga cuesta mucha plata, nos toca ir hasta la frontera que nos sale más barato. Y además La Sociedad Portuaria nos regala el gas oil para ir y volver.
En el camino a Venezuela está La Guajira, el departamento más al norte de Sudamérica y que nos dijeron que es muy lindo. Hacia allá vamos.
En el camino vemos un letrero de algo que nos hablaron desde que pisamos Colombia: el Parque Nacional Tayrona. Sabemos que es carísimo entrar y ya habíamos asumido que no podíamos ir pero no queremos perder la oportunidad de hacer un intento:
- Buen día,- le dice Juan a la chica que vende los tickets- ¿se encuentra el gerente o alguien con quien podamos hablar?
- No, él está de viaje y no atiende el celular cuando se va.
Nos vamos a seguir nuestra pero bueno, no perdimos nada…


La ruta de asfalto quedó atrás hace rato y ahora nos metemos en el desierto donde las huellas del camino, que se bifurcan una y mil veces, casi no se ven. El sol está cayendo y el paisaje es hermoso, estamos entrando a la zona indígena de los Wayú: El Cabo de la Vela. No hay nada ni nadie. Viento, desierto, mar celeste y un inmenso sol que cae en el agua.


Estacionamos la camio en una tiendita indígena donde tienen luz. La temporada es baja y ni siquiera hay turistas somos los únicos en el lugar, excepto una pareja con la que me pongo a hablar.
- ¿Y ustedes de dónde son?
- Vivimos en el Tayrona – me dice la chica.
- Ayyy que lindo… ¿y qué hacen allá?
- Yo administro el spa y él – me dice señalando al novio- es el gerente.
No hace mucha explicar que le contamos de nuestro viaje y nos invitó a visitar el Parque cuando queramos. También nos invitó a comer unos ricos pescados lugareños y durante la cena, cuando se enteró que éramos artesanos nos pidió de ver nuestras cosas porque en el Parque él tiene un negocio y tal vez nos puede dar una ayudita comprándonos algunas cosas.
Finalmente “algunas cosas” resultaron ser más de 100 collares y pares de aros, lo que suma muchísima plata y no una “ayudita” sino un súper AYUDÓN! Ahora si, a trabajar. Después de visitar el Cabo, salir de Colombia, entrar a Venezuela, salir de Venezuela y volver a entrar a Colombia (todo en menos de una hora), volvemos a Santa Marta para ponernos a trabajar.













Hicimos un parate laboral para cumplir con nuestras tareas de esas que en realidad SI aportan al sistema y nos fuimos a charlar con los chicos de la carrera de Cine de la Universidad de Magdalena. Presupuestos, riesgos, proyectos, sueños, ideas, fueron los temas principales de los que sacaron jugo de nuestra película-reality de acción, amor, suspenso, miedo y comedia… pero seguro nada de ficción!

En tres días trabajamos como locos para terminar el pedido. Con la ayuda de Leo envolvimos cada uno de los juegos collar-aros en bolsitas y entregamos todo a tiempo. Al día siguiente salimos para el Tayrona a relajarnos después del arduo pero divertido trabajo.




El Parque es increíble: ruinas de los indígenas Tayrona, palmeras, cocos, millones de hormigas de todos los tamaños y colores, ardillas, monos, lagartijas, mar caribe, montañas bañadas en selva y deliciosa arena se juntan para hacer la segunda playa más hermosa del mundo. Las fotos dicen más que las palabras… pero igual no alcanzan:




















Ahora si, como en Cuenca, el viaje nos hace pararnos de nuevo pero no es algo que nos moleste mucho, de hecho nos da mucha felicidad saber que los próximos caminos serán los de un lugar que veíamos taaaaan lejos y del que estamos tan cerca, como CENTROAMÉRICA!