24 de mayo de 2009

Ciudad de Panamá, Valle de Antón, Playa Corona, Bocas del Toro; Panamá. Gandocas; Costa Rica

Panamá nos agasajó con todo. Un montón de argentinos que viven por acá nos recibieron con los brazos abiertos. Además de Walter y Pía que nos alojaron por una semana y nos mimaron como dos padres, también conocimos a muchos más. Fabián y su esposa nos prestaron su casita en construcción para que pasemos nuestros últimos días en la ciudad en un barrio con mucho verde y tranquilidad. Rodeados de martillos, clavos y cemento nos ubicamos como los más campeones, y coronamos con un jacussi encontrado debajo de una lona!

Además estuvimos haciendo algo de circo y salimos en el diario, la tele, la radio. Pero esto nos sirvió bastante porque la venta de postales fue un éxito. También recibimos la gran ayuda de Noelia, Cristian y el restaurante de Raúl “Los años locos”, que hicieron rebalsar las cuentas bancarias del Citro y la Estan.



Aprovechamos la estabilidad económica y a pasear! Nos acoplamos al ritmo comprador compulsivo panameño-miaminístico y salimos a gastar también… nos vestimos de pies a cabezas felices comprando ropa por dos dólares. -Amiga peque es tu paraíso, lo juro-
Y visitamos una obra de ingeniería maestra, que une dos oceános: El Canal de Panamá

















http://www.youtube.com/watch?v=7MfFx_28Mgw

Cruzamos el Puente de las Américas que une dos sub-continentes y con sólo manejar una par de horas ya estábamos en nuestra siguiente parada.


Empezaron hablándonos de un valle en el que hace un poco de frío y después no escuchamos más… necesitamos descansar del calor y de una nos fuimos para allá, pero nos sorprendimos con un lindo lugar, después de dormir en la canchita de fútbol que prestaron los policías para la ocasión, nos embarramos las caras tratando de hacer ahora algo por nuestro abandonado cuidado personal, después aguas termales.





Pasamos una noche en el camping del rasta-hindú Swami, él es como un gran padre que entrega todo, rodeado de tres ollas gigantes, se tomó su tiempo para repartir la comida que él mismo preparó para más de veinte muchachos de la vida que por una cosa o por otra fueron a parar a su lugar.




El fresquito no duró mucho y regresamos al mar… Playa Corona está sobre el Pacífico, nos encontramos con un lugar lleno de casas hermosas, pero no había nadie, solitos. Nos prestaron el patio de una casa de extranjeros para que nos acomodemos ahí, usemos el agua y el quinchito al aire libre. Nos recibió el cuidador, un aparato importante que nos hizo reír un buen rato, hasta la tarde, y hasta la noche, y… bastaaaaa!!



Pasamos unos días espectaculares, mar, mar y mar! Combinado con deportes improvisados, bailecitos en el agua y revolcones en las olas por demás, los raspones no faltaron, el Pacífico demuestra su fuerza y los chicos no se rinden. Después, para recuperar, un poco de yoga no viene mal, mucho menos unas pizzas invitadas por “Carlitos”, un argentino que cayó del cielo al ver los autitos en este remoto lugar y no lo pudo creer, se apiadó de nosotros y nos regaló una cena en su restaurante.










El último día en Playa Corona festejamos los 25 de Juancho, vinieron Pía y Walter con una picadita, vino y asado!! Cualquier viajero entiende la emoción sentida en ese momento...





Al seguir nuestro romántico viaje por las carreteras perfectas doble carril eterno de Panamá, la Estanciera empezó a hacer un ruido raro… Se salió la correa...
“¡Todo el mundo a trabajar!”, dijo Facu, ese mecánico que solemos llevar atrás, es muy fiel por cierto, nos sigue desde Argentina con un Citroên… ¡Qué loca esta gente!


Atravesamos el país nuevamente hacia el Atlántico, nos metemos en la selva y finalmente vemos de nuevo el mar… Bocas del Toro nos recibe con nubes cargaditas, pero ansiosos dejamos los autos en los Bomberos de Almirante y nos dirigimos a las famosas islas




El ferry parte tempranito a las 8 de la matina y ahí estábamos los cuatro de nuevo con mochila al hombro y muchas fideos chinos instantáneos, ¡qué hallazgo por favor!
Llegamos a Isla Colón, la más grande y a donde nos dejó el barco. Los precios para continuar avanzando islas adentro son impresionantes. Nos asustamos pero no duró mucho, revivimos Expedición Robinson y sin hablar pensamos con la vista clavada en el horizonte: “Nosotros también podemos hacerlo”.
No imaginamos que pagaríamos el regateo que ganamos en el muelle consiguiendo una lancha por sólo algunos dólares, cuando tuvimos que atravesar la islita en la que nos dejó de una orilla a otra, hundiéndonos en el barro con hojotas y mochilas pesadas.


Playa Wizard fue la primer parada de la travesía, el otro extremo de la isla es el destino final… todo será a pie, basta de peleas con lancheros!
Las nubes cada vez más densas, a andar bajo la lluvia… comer bajo la lluvia, armar la carpa bajo la lluvia…



Pero paró y Bocas del Toro dejó ver su belleza desplomada sobre la Isla Bastimentos, playas desiertas, mar Caribe bien mansito, y el paraíso del cocinero a leña, miles de palos que trae el mar y seca el sol para mantener prendido el fuego las 24 horas…

Los chicos continuaron a la siguiente pero Aymi y Juan se quedaron en Playa Redfrog donde disfrutamos de un alucinante paisaje y un mar más movidito, Amansamos a la bestia que se calmó con la lectura…






Después Playa Polo, otro paraíso, pero este es para los snorkelistas: peces de todos los colores, corales, tiburones, manta rayas… Acá un amigo que cuida el terreno, comprado por el extranjero, nos facilitó la búsqueda de agua en los pozos de la selva y nos prestó su arpón con lo que los chicos ganaron los primeros puntos de raiting y sacaron tres flamantes lenguados que comimos enseguida desplazando al segundo lugar los fideitos, y le dimos descanso a los chinitos que trabajan doble turno para abastecer nuestra demanda.









Osos perezosos y ranitas rojas, además de las bestias marinas, fueron el gran zoo-descubrimiento de este capítulo, y nos quedamos con las ganas de ver a las tortugas gigantes en Playa Larga… Aymi se mimetizó con los perezosos muy rápidamente y sólo caminó dos horas, pero el resto del equipo aguantó las cuatro del recorrido nocturno con los voluntarios que viven en el lugar y hacen guardia toda la noche para estar alertas por si hay que ayudarlas a desovar o cambiar los huevos de lugar para que estén a salvo.
Este paseíto no fue gratis, a cualquier turista convencional le costaría unos 25 dólares, a nosotros: la pintada del techo de los cuidadores…





Facu y Loli se arriesgaron al segundo intento y se quedaron una noche más para ver si alguna tortuga se decide a salir, pero nosotros nos fuimos aprovechando la oferta de una lanchita que volvía. De nuevo al encuentro con la Estan y enseguida en la ruta nos encontramos con la frontera con Costa Rica, ¡Qué raro es de repente pasar tan rápido de un país a otro! Pero por suerte esto nos hace olvidar un poco que todo está divido y nosotros andamos y andamos… de repente estaremos en Alaska? No lo creo, hay demasiadas cosas que pasan en el camino como para distraerse:
Llegamos a la frontera y Pancho va a hacer los trámites, por primera vez no tenemos nada de nervios y todo el tramiterío es extremadamente sencillo, pero la audiencia necesita acción y como escuchábamos un ruido de la camioneta -uno más de todos los que hace- a Juan se le ocurre, en el medio de una frontera, abrir el capó y ver como anda todo.
Y cuando vuelvo de sellar mi pasaporte lo veo que está revoleando algo en la mano, “Se rompió la correa”, me dice de lo más tranquilo…. “¿¡Queeeé!? ¡¡¿¿Y ahora de dónde sacamos una correa acá??!!, le digo yo que se me fue el perezoso a la mierda…
Juancho la va a buscar al pueblo. Pero vuelve enseguida, “Me tengo que ir hasta Changuinola”, no la encontró así que se sube a una camioneta y se va a la ciudad más cercana.
Cuando vuelve lo veo venir con una bolsita así que respiro, pero tiene una cara de susto que me hace poner nerviosa, hasta que dice: “Casi me lleva la policía”, y por fin se ríe… “Es que como ya sellé la salida de Panamá no podía ingresar así nomás, ¡pero se les ocurrió hacer control justo en el taxi en el que yo volvía!”
Ufff, no se cómo pero zafó y seguimos. El puente que separa a Panamá y Costa Rica es medio rústico, sólo pasa un auto por encima de maderas que chillan tenebrosamente.
Los trámites fueron muy sencillos, entramos por Sixaola, hicimos el pequeño trayecto sin correa así que la primera parada en este nuevo país fue a tan sólo unos metros donde paramos en un taller, Pancho pidió unas herramientas para arreglar el temita y yo improvisé una ensalada.


Eso no era todo, al recorrer unos kilómetros vemos un cartel indicativo de que en la playa que está camino adentro se ven tortugas. Emocionados volvimos para atrás y nos metemos en una vía de piedra y tierra… pero había llovido y todo estaba embarrado: nos encajamos increíblemente!!



Se hizo de noche hasta que Pancho volvió con la 4x4 del Parque Nacional que nos sacó. ¡Qué serie de acontecimientos en la jornada eh!

Pero el día se reivindicó y el lugar al que llegamos fue increíblemente puesto en el camino para nuestra situación: Gandocas es el paraíso de las tortugas, salen de a decenas, todas las noches, imposible no verlas. Pero alguien nos bajó de un hondazo con un “El tour sale en rato, son veinte dólares por persona”. Ouch… sacamos las espadas y nos fuimos a parlar con el guardaparques, terminó nombrándonos como Voluntarios, así nos apodaron, pero esta vez no pintamos techo ni nada… era muy fácil, qué raro che… ya nos habíamos acostumbrado al trabajo duro!
“Los esperan a las ocho en la playa”, nos dijo el amigo guardaparques. Acomodamos la Estan en un lugarcito que nos hicieron en una casa y miramos la hora para tratar de no llegar tarde. “¡Pero son las ocho y veinte!”, le grito a Juan súper enojada pensando que nos hicieron una joda… Y al rato caímos: estamos en Costa Rica, cambió la hora, son las siete y veinte. Nos dio mucha risa, pero felices aprovechamos el tiempo para tomar una lechona y salir a caminar duro por la playa.

No fue muy trabajoso, empezamos a recorrer la costa de a grupitos, el nuestro cruzó un arroyo tenebroso en una canoa, sin luces -a las tortugas les molesta- y llegó a una zona donde salen bastante. Y así fue a los 15 minutos una tortuga de 1.60 metros nos hizo parar. Increíble… una mamá hermosa, enorme, parecía de la época de los dinosaurios, entró en un trance y no le importó nada ni nadie, sólo hizo su gran y profundo hueco en la arena para comenzar a desovar. Cuando terminó nos pusimos los guantes de látex y cavamos hasta encontrarlos, sacamos alrededor de 100 huevos y los trasladamos a un lugar más seguro. Nos quedamos como dos horas ayudándola y después seguimos de guardia unas dos horas más…



Pero al día siguiente nos despertamos en el pueblo fantasma. Parece que todos viven de noche cuidando a las tortugas y nadie se asoma. Sin mucho para hacer seguimos, Facu y Loli llaman desde la frontera, están cerquita.
“¡Nos encontramos en Puerto Viejo”, nos dijimos por teléfono. Y allá vamos…